Llegada a Perugia – Memorias de un friki exiliado II

¿Sabéis esa sensación en la que el verano se te pasa demasiado rápido? Lo mismo que cuando en una película ponen “20 años después” y piensas que no te has enterado de nada. Pues así me encontré yo en el aeropuerto. Un día estaba hablando con un colega lo que molaría irse de Erasmus. Al siguiente estaba montado en un avión rumbo a Perugia.
Porque sí, los pensamientos de “cada vez queda menos tiempo” o “tengo que empezar a mirar casa” están ahí, pero hasta que no quedaban dos semanas para irme no empecé a mirar casas, prepararme la maleta, ni saber qué narices iba a estudiar.
La verdad, sé que suena inverosímil. Pero os juro que no fue hasta que el avión empezó a moverse cuando me giré a mi amigo y le dije: “tío, que esto va en serio, que nos vamos de verdad”. Ese día había hecho chistes sobre todo lo malo posible. Decir que el avión se iba a estrellar, o que nos iba a pillar otro terremoto (Perugia fue una de las provincias afectadas en el terremoto de finales de agosto), o que iba a haber un atentado… cosas ligeritas para viajar. Pero me daba igual, porque iba a estudiar en Italia.

El avión que nos llevó a Perugia, Italia.

El avión que nos llevó a Perugia, Italia.

Esta euforia me duró todavía unos tres días, en los que hice el papeleo necesario para ambas universidades. Mientras tanto, vivía en casa de mi colega, hasta que me di cuenta que seguía sin casa… Así que en menos de una semana me puse a hacer lo que debería haber hecho en meses. En este tiempo me sentí como jugando al “Majora’s Mask”, o a una de las misiones finales de “Metal Gear Solid 2” o a cualquier juego en el que tienes que hacer algo con un límite de tiempo demasiado estricto. Y no me fue del todo mal: encontré casas pequeñas, casas feas y casas caras, y luego feas y pequeñas, caras y pequeñas y todas las combinaciones posibles.
Quedaban dos días para que el dueño de la habitación en la que estaba durmiendo llegase. Yo ya estaba desesperado, pensando en que todo iba a terminar antes de haber empezado. Hasta que alguien hizo caso a mi llamada de socorro en forma de mensaje en un grupo de WhatsApp. Al final conseguí un buen piso del que estoy bastante orgulloso, y todo en menos de una semana. Mi idea inicial era vivir con gente de otros países, pero al final nos hemos visto en la misma casa uno de Cuenca, uno de Albacete y otro de Ciudad Real. Eso es lo que se llama variedad. Y para celebrar esta primera semana, me di un buen capricho: comprar una sábana, que la casa no tenía. Un lujazo.
P.D: no sé cómo terminar, así que hasta la próxima.